daniel johston y la leyenda de la autenticidad

En 1986 Daniel Johnston prueba el LSD durante un concierto de los Butthole Surfers; el episodio le conduce definitivamente al reino de los dementes, a cuya puerta se había asomado en numerosos episodios depresivos por mor de su bipolaridad. Acaba temporalmente internado, y comienza su viaje por un mundo por el que la gran mayoría de los artistas nunca transitan, el de la autenticidad eterna.

Previamente Daniel busca el éxito como cualquier otro cantaautor, sorteando como buenamente puede los obstáculos que le acarrean sus problemas emotivos. Se presenta a concursos, graba temas -muchos de ellos basados en Laurie, la mujer en la que basará su concepto sobre al amor verdadero- y actúa dónde puede y le dejan.  Justo cuándo el Austin Chronicle le declara mejor compositor local se produce el episodio psicótico, y a partir de este momento Daniel comienza a construir una carrera (?) artística totalmente absurda, carente de enfoque comercial alguno, en la que convierte en sonido sus pulsiones, obsesiones y delirios. La vida de Daniel, un constante rosario de incidentes, ataques, entradas y salidas del psiquiátrico, se vertebra alrededor de su música y sus dibujos, únicos mundos en los que se mueve con naturalidad, como recurso expresivo de sus emociones, siempre al límite.

Todo ello genera el culto, la fascinación por su arte, puro como la nieve, carente de intenciones comerciales, huérfano de una vida al uso sobre la que apoyarse.  Personalmente soy fan total de Daniel Johnston, imposible sujeto que nada tiene  excepto sus canciones y sus dibujos;  genera los mismos como churros, conforme transita por una realidad paralela que sólo el ve, dónde  lo único que importa es  el amor verdadero, el Capitán América, Casper el fantasma amistoso y los Beatles, de los que es fantotal. La vida de Daniel, que mandó al carajo un gran contrato con Elektra convencido de que se trataba de un sello discográfico demoníaco, es un reflejo deforme de la realidad.

Hace poco estuvo de gira en España. De vez en cuándo hace minitours, vigilado celosamente por el entorno familiar, para que no deje su medicación o cometa alguno de los muchos disparates que jalonan su tragicómica vida. Pasa su existencia en un estudio junto a la casa de sus padres, dónde se dedica a leer comics, componer temas, dibujar y beber cocacola sin parar. Cuándo su situación lo permite y requiere, vertebra algún tipo de producción artística de forma (mas o menos) ortodoxa. Las exposiciones, discos, bolos y otras cosas son, finalmente, lo que acaba por definirle, por darle una identidad como persona. El arte le hace ser Daniel Johnston, y él lo devuelve en forma de expresión creativa auténtica, como nadie sinos los chiflados pueden hacer. Los demás navegan por sus mundos internos cuándo pueden, pero no vagan permanentemente por ellos, como si hace Daniel, que merece su leyenda. 

 

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